Ana Millera
LA DESAPARICIÓN
Eran las tres y cuarto de la tarde cuando terminamos de comer toda la familia, incluidos tíos, primos y abuelos. Mama pidió a Halley que tocase un poco el piano, por la celebración del cumpleaños de mi padre. Mi hermana, sin ninguna queja, sonrió a los invitados, se levantó de la mesa, y se dirigió a coger las partituras. Tiene diecinueve años y es muy educada. Se acomodó en el taburete y se puso recto su broche preferido con forma de mariposa que le regaló mamá. Empezó a tocar una melodía de los “Chicos del Coro”. Yo siempre he pensado que le tenía mucho cariño a ese broche, ya que en cada acto importante se lo ponía y cuando algo le salía mal se lo colocaba recto. Al acabar aplaudimos muy alegres, sobre todo la abuela Margarita, que se puso a llorar de lo bonito que le pareció. Pero en ese momento dijo mamá:
- ¡Ay hija mía! te has confundido un par de veces; si es que, ya te digo que tienes que practicar más, cariño. Corre, sube a tu cuarto y ensaya un poco más.
Papá en cambio la salvó diciendo:
-Mercedes, mujer, por hoy ya vale, deja a Halley que descanse un poco, ya que han venido invitados.
La joven pianista le lanzó una mirada de agradecimiento y simpatía a mi padre. Sobre las siete empezaron a irse los invitados, y a la media hora se quedó la casa vacía y un poco sucia. Mi madre nos gritó desde el piso de abajo “¡Niños, bajad para ayudarme a recoger!” Yo salí de mi cuarto, a Halley le costó un poco más, y me alcanzó mientras bajaba las escaleras. El piso superior constaba de dos cuartos, el mío y el de Halley con un baño que comunicaba los dos, enfrente, el de mis padres con su propio baño y una gran ventana que daba al patio, a la izquierda, estaba el cuarto de los invitados, también conocido como el “cuarto de la plancha”. En el piso principal, la entrada, y un enorme salón que estaba unido a una cocina sin pared, estilo americano. También había un baño muy grande y el despacho de mi papá que era abogado. Había dos ordenadores, el suyo, y el que compartíamos mi hermana, mi madre y yo.
Cuando llegamos a la cocina mi madre nos pidió que la ayudáramos a sacar el lavavajillas, mientras ella se dedicaba al pasar la bayeta por la encimera. Mi hermana, cogía vasos y me los pasaba, yo los metía en los cajones. No estaba muy centrado en lo que estaba haciendo, y como era viernes, pensaba en qué planes iba a hacer para ese fin de semana. Halley me pasó un vaso, pero sin querer lo metí donde se guardan las tazas de desayunar.
- ¡Los vasos no son ahí, idiota!- me chilló mi hermana.
-Trata bien a tu hermano- le cortó mi madre.
Yo, un poco asustado de la reacción de mi hermana le dije con voz de ironía:
-¡Jo chica, como si te hubiera dejado el novio! Jajajaja…!
Me miró con cara de asco y siguió pasándome los platos. Siempre me pareció que a mi hermana le gustaba el orden y la puntualidad.
Un lunes, después de unas semanas en las que nada importante ocurrió, volví muy cansado a casa. Ese mismo día tenía clases de pádel, pero también me habían adelantado un día las clases particulares de inglés porque mi profesora se iba de vacaciones. Después de las clases de inglés tuve que regresar al colegio a hacer la recuperación de lengua, asignatura que había suspendido. Llegué a casa sobre las nueve. Cuando entré me encontré a mis padres sentados alrededor de la mesa y vi como a mi madre le caían unas lágrimas por su mejilla. Cuando yo era pequeñín mi mamá me dijo que si la primera lágrima caía por el ojo derecho era de alegría y si caía por el ojo izquierdo de tristeza.
- Tu hermana ha desaparecido- dijo mi padre.
Yo me asusté mucho y cuando fui a abrir la boca para decir algo mi padre me interrumpió, al ver mi cara de no entender nada.
- Hemos llamado a su mejor amiga, Diana, y nos ha dicho que hoy no ha vuelto con ella del instituto a casa. Le ha dicho, que su ex novio, con el que acababa de hacer las paces la iba a llevar a casa en moto. La hemos llamado una docena de veces pero nada. Lo tiene apagado. Llevamos cinco horas sin saber de ella, ya que ha salido de clase a las tres y ahora son las ocho.
-I… Igual, se ha ido a la biblioteca con una de sus amigas y se ha entretenido o… igual se ha ido a…- dije yo, intentando consolar a mi madre. Mi hermana ya era mayor, sabría cuidarse sola. Mi madre siempre estaba encima de ella. Estaría cansada.
De repente sonó el teléfono interrumpiendo la conversación.
- ¿Si? – atendió mi padre.
- ¿Es usted el señor Aurelio Manterola? –dijo una voz desconocida.
- Llamo desde el colegio. Tenemos por norma avisar cuando los alumnos no acuden. Necesito que me confirme ya que no han llamado ustedes, la falta de su hija hoy a clase.
- ¿Perdone, mi hija no ha ido hoy a clase? Debe de haber habido un error.- se sorprendió mi padre.
- En absoluto señor. ¿Su hija es Halley Manterola?
-Sí - respondió preocupado.
- Entonces no ha habido ningún error.
- ¿Quién es, Aurelio? – interrumpió mama alterada.
-Ssssssssssh.. – chilló mi padre.
- Buenas noches señor – se despidió la voz.
- Buenas noches, y gracias. – Contestó mi padre.
Un pip cortó la llamada.
- ¿Quién era papá? – pregunté.
- Era la profesora de Halley, dice que hoy no ha asistido a clase.
- ¡Qué raro! yo la he visto entrar por la puerta del instituto con dos amigas. – Dije mientras fruncía el ceño con cara de sorpresa.
Mi madre se echó a llorar como una desesperada. Mi padre la abrazó con fuerza e intentó consolarla con una simple frase: “Tranquila Mercedes, todo va a salir bien”. Yo no sabía cómo reaccionar. Pasamos una semana horrible. Nadie parecía saber nada. Nos informaron de que también un chico de la clase de mi hermana, su ex novio, llevaba desaparecido el mismo tiempo que Halley. Todo el mundo daba por hecho que se habían fugado juntos.
Después de unas semanas apareció en el instituto el ex novio de Halley. Era un caos de gente haciéndole mil preguntas al joven, (¿Dónde has estado?; ¿Qué has hecho con Halley?;¿Porqué no has venido a clase?... ) Él, intrigado por tanta pregunta misteriosa, dijo:
- Me he ido una semana de vacaciones con mi familia.
- ¿Y qué has hecho con Halley? – Preguntó una compañera de clase.
- A Halley la dejé en la puerta de casa y de allí me fui a mi casa. Esa fue la última vez que la vi. No sé nada de ella.- comentó. La gente se sorprendió mucho.
Un mes más tarde, sin novedades de mi hermana, mis padres salieron a dar una vuelta por el pueblo. De repente, mi madre dio un grito. Mi padre vio una sombra y los dos observaron a una joven tirada en un pequeño callejón oscuro con muchas heridas por la cara ensangrentada. Mamá se abalanzó sobre ella y la abrazó con fuerza. Mi padre dijo:
- Corre cariño, te llevaremos a casa y te curaremos, mientras nos cuentas dónde has estado todo este tiempo. ¿Cómo se te ha ocurrido hacernos algo así?
Ella le agradeció a su padre el apoyo que le mostró, pero se negó a ir con ellos. Dijo que quería empezar su propia vida y olvidarse un poco de todo ese tiempo que había vivido tan estresada por culpa de su madre. Cogió el precioso broche que llevaba en la camisa y se lo entregó a mamá, que no pudo evitar llorar.
Un año más tarde, me crucé con ella por la calle, iba feliz y sonriente, me dijo, que cuando quisiera pasara por su casa. Tenía un gran trabajo como pianista. Me agarró la mano y nos fuimos a nuestra casa. Yo muy contento la seguí. Cuando aparecimos en casa mamá estaba preparando la cena y papá estaba leyendo un libro en el salón. Mi madre dejó el cuchillo que llevaba en la mano para cortar las patatas y fue muy ilusionada a darle un abrazo. Halley la apretó con fuerza. Papá también se unió muy feliz.
- Lo siento mucho cielo, te prometo que nunca más te obligaré a hacer cosas que no quieres y te dejare todo el espacio que necesites. Te quiero. Por favor, perdóname.
Halley la perdonó, estaba muy sonriente. A papá le dio un gran beso en la mejilla. Mamá le devolvió su broche de mariposa y se lo puso en su cazadora predilecta. Al día siguiente volvió a nuestra casa para quedarse y mamá le dijo:
- Te volveremos a instalar el piano en tu cuarto, y mañana mismo iremos a comprarte ropa nueva e iremos a mi peluquería preferida, que tienes unos pelos…
Vi como Halley se rascó la cabeza y se puso recto su broche. Miré a papá como movía la cabeza.